Los halagos son buenos, pero con límites

Los halagos y los elogios son buenos hasta una edad, ya que ayudan al niño a motivarse y a superarse. Pero hay un momento en la vida del niño en que debe aprender a que no es el mejor del mundo en todo.

Los halagos son buenos hasta una edad

Para los padres que tenemos hijos es bastante habitual que se nos escapen muchos elogios en un momento u otro, sobre todo cuando son pequeños. Esos elogios, pueden ser, por ejemplo: ‘eres el mejor‘, ‘eres el más guapo del mundo‘, ‘eres el niño más inteligente y listo‘, etc. Es decir, los elogios son necesarios en una etapa de la vida de los niños pequeños porque esos elogios le animan a ser mejor, pero ¿hasta cuándo debemos utilizarlos para subir la autoestima de nuestros hijos a través de los elogios?

Según los especialistas hay una barrera en la que los padres deben ir evitando seguir con este tipo de ‘elogios’ porque puede ser que el niño acabe pensando que realmente es mejor que todos los que le rodean, es decir, estaremos creando un niño que se crea ‘superior‘ o por encima de los demás, o dicho de otra manera un niño egocéntrico. Porque para los niños puede ser difícil diferenciar entre el amor de padres que siempre pensarán que su hijo es el mejor, haga lo que haga, y la realidad.

Además, excederse en elogios hacia un niño puede tener otro inconvenientes para él. Es decir, el niño a partir de los cinco o seis años sabe que no es el mejor en todo, pero si los padres piensan que sí y se lo hacen saber constantemente con elogios excesivos y exagerados estaremos poniendo un listón muy alto al niño y esto puede suponer un problema para él. Por que el niño no aceptará derrotas, será muy exigente consigo mismo y no será capaz de ‘empatizar’ con sus amigos y compañeros.

Por lo tanto, los elogios son buenos, sí, pero en la justa medida y sin excesos. Es mejor que a partir de los cinco o seis años, edad en la que los niños comienzan a dejar ese mundo de fantasía para ver la realidad de lo que les rodea, los padres animen al niño pero siempre en un contexto real donde a través de las palabras y del ejemplo de los padres los niños acepten a ser como son y hasta donde pueden llegar. Porque una cosa es animar  a que se esfuercen y otra muy distinta enfatizar una acción o la excesiva inteligencia.

Los niños deben aprender a ganar y a perder, a reconocer y a respetar los triunfos de los demás niños, a criticar y ser criticado y deben aprender a que se puede ser bueno sin ser el mejor. Esto les ayudará a tener buenas relaciones de amistad, les ayudará a madurar, a empatizar con sus amigos y compañeros, a compartir tiempo de juegos y a divertirse mucho más que en ese mundo competitivo en el que entran cuando son demasiado exigentes consigo mismos.

Vía | abc.es

Imagen | Oneras

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