Algunos consejos para elegir el nombre del bebé

Cuando despertamos a la vida (uso de razón) existe una palabra después de “mamá” que conocemos y escuchamos, nuestro propio nombre. Palabra que acompañará nuestra vida hasta el fin de nuestro tiempo (obviamente, no contamos los mínimos casos de transexualidad, o entiéndase sanamente como ‘cambio de nombre’) y que nos denomina ante el resto. Sin saber cómo ya contamos con uno -aún no existe la interesante regla no-oficial de esperar a que uno mismo tenga uso de razón para elegir el apelativo que cargará por siempre sobre sus hombros, y así evitar vergüenzas eternas y odio potencial hacia nuestros padres por firmarnos con uno tan ridículo que merece el suicidio- y estamos tan identificados con él que cual mascotas respondemos al llamado de su pronunciación.

Cuando despertamos a la vida (uso de razón) existe una palabra después de “mamá” que conocemos y escuchamos, nuestro propio nombre. Palabra que acompañará nuestra vida hasta el fin de nuestro tiempo (obviamente, no contamos los mínimos casos de transexualidad, o entiéndase sanamente como ‘cambio de nombre’) y que nos denomina ante el resto.

Sin saber cómo ya contamos con uno -aún no existe la interesante regla no-oficial de esperar a que uno mismo tenga uso de razón para elegir el apelativo que cargará por siempre sobre sus hombros, y así evitar vergüenzas eternas y odio potencial hacia nuestros padres por firmarnos con uno tan ridículo que merece el suicidio- y estamos tan identificados con él que cual mascotas respondemos al llamado de su pronunciación.

Lástima que no sabremos qué tan repulsivo es si es que no escuchamos, o sufrimos, primero un oleaje de carcajadas que nos dejará, según el volumen de las mismas, el saldo negativo (trauma) sobre la naturaleza de nuestra denominación. Asimismo sabremos a qué atenernos antes de presentarnos ante público (si es que gozas de un nombre no gracioso, seguramente estos lamentables casos no provocan lástima en ti sino mucha gracia, aún así tómalo en cuenta para no provocar en tu hijo un golpe psicológico del que seguramente no se recuperará nunca).

Que nuestro nombre no sea feo no indica en absoluto que nos guste. Cito el caso de Alberto, que detesta su nombre por ser el mismo de su padre… y abuelo… y bisabuelo… y, regresivamente, por 7 generaciones atrás, como si de una familia real se tratara, que hereda los nombres cual fortunas envidiables. Más aún penoso para Alberto es saber que lo único que figura en la herencia familiar es el nombre, más unos mínimos peniques extra que financian sólo un viaje en bus hacia su centro de estudios. Como venganza, y exponiéndose a que todos sus ancestros se revuelquen en sus féretros, ha decidido llamar a su primogénito con cualquier nombre, menos el que lo hace sufrir por dentro, el suyo propio. Tal vez castigos paranormales pueden caerle encima por romper una tradición tan antigua como la Colonia, pero si así se siente libre y feliz, que lo haga con total soltura. ¿Quién dice que los nombres pueden sobrellevarse?

Peores casos existen, mucho peores, como ser sufrientes hijos de padres ecologistas, quienes no dudarán en nombrar a sus pequeños con detestables firmas como “Hábitat”, palabra -dizque nombre- que condenará al niño, cuando salga a la s(u)ciedad, a las más mortíferas burlas y torturas verbales.


Para evitar estas catástrofes, y otras tal vez peores, brindamos algunos tips para que esta elección sea tomada con la importancia debida, además de hacerla democrática y grupal –para evitar que los encargados de pésimos gustos sean los que den la última palabra-. A ver si les ayuda:

1. Estar concientizado en la permanencia del nombre que urden en sus imaginarios para sus criaturas. No dejarse llevar por estados de ánimo efímeros que pueden producir una ligera elección, una poco seria.

2. Será de mucha utilidad que se realice una lista con varias opciones y que democráticamente se descarte los menos deseados. El criterios de elección serán subjetivos, pero al manejarse un abanico amplio de posibilidades, ayudará a que la decisión final sea una seria.

3. Importantísimo pensar en el apellido, no solamente en la redundancia que puede provocar la pronunciación del nombre de pila y el apellido, sino en lo extraño que podría resultar combinar un nombre de lengua anglosajona con un apellido aymara, por mencionar un ejemplo, bastante sugestionador, por cierto.  También descartar alguna posibilidad risible como la que sería: Armando Paredes Del Castillo. Nombre digno de un albañil de una cómica historieta.

4.  Para familiarizarse con el posible nombre, la parte sugestiva facilitará mucho ese proceso, haciéndonos la idea que llamamos a nuestro hijo en el parque en los interiores de nuestro hogar. Así oiremos en voz alta el posible nombre y caeremos en cuenta si suena “bonito” o “feo”. Simpático tip para descartar posibilidades.

5. Es entendible que muchas veces los padres quieren un nombre original para su hijo, lo que puede ser el principal factor de tremendos errores de elección, provocados, principalmente, por el pésimo gusto. Al menos se pide que no sea difícil de pronunciar y escribir.

6. Una original opción para esta importante decisión es la de contratar a un asesor para que se encargue de esa función. Este se basará en diversos criterios, muchas veces efectivos y satisfactorios, para dar en el clavo del gusto de los padres y del gusto social, lo que realmente es lo más importante, dado que el niño será parte de la sociedad a futuro. Es una opción novedosa y muy pocas veces usada, pero valedera.

7. Aunque los libros de nombres y sus significados han caído en desuso, aún son tomados en cuenta, ya no con la misma confianza de antaño, pero por lo menos como un auxiliar. Es preferible utilizarlo para conocer el origen y significado del nombre ya elegido, como quehacer informativo, mas no como decisivo, porque se puede incurrir en el error de más darle importancia al significado del nombre que a la sonorización al pronunciarlo.

Estos son algunas  -ojalá útiles- anotaciones que intentarán llegar a un consenso entre las partes decisivas al momento de elegir el nombre de un recién nacido, o evitar un ridículo mayúsculo, si se puede entender así, también. Todos en nuestra vida recorrida hemos esbozado alguna sonrisa o carcajada a raíz de un nombre risible, hagamos entonces que ese mal rato no sea sufrido por quien de nosotros depende su nombre, digamos, eterno.

A pesar que dejemos tan inconformes a nuestros hijos que decidan antes de llegar a la mayoría de edad cambiar el apelativo con el que se les llamó en la niñez y que figura en sus actas de nacimiento, por uno que ellos mismos elijan a su sano –cabe la posibilidad inversa, de su insano- juicio. Con eso ganaríamos un resentimiento de nuestros hijos, en el mejor de los casos. Entonces, ahorrémosles el tedioso papeleo que significa ese cambio deseado, pero vergonzoso.

PS: El poner nombre no es un castigo, por si acaso.

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