Por estas razones no deberías zarandear a tu bebé

Sacudir a los chicos ante un regaño o un simple juego, puede resultar muy peligroso, principalmente si ocurre antes del primer año de edad. Las consecuencias van desde sordera y ruptura de costillas, hasta la muerte.

NO zarandees a tu bebé

Dos son los principales motivos por los cuales algunos padres sacuden a sus niños. No miden la fuerza en el juego o agotan su paciencia tras un incesante lloriqueo. Las consecuencias de esta “inocente acción” van desde lesiones en el cuello, hasta daño cerebral. Sin duda, dos razones por las que no deberías zarandear a tu bebé.

Zarandear con brusquedad a tu hijo es especialmente peligroso cuando tiene menos de un año de edad. Debido a este movimiento, la cabeza se desplaza en varias direcciones, algo que la musculatura del cuello no puede soportar, por no estar desarrollada completamente. Esto implica que su pequeño y frágil cerebro se golpea contra el cráneo, una y otra vez, de un lado al otro, aumentando el riesgo de lesiones.

Otros lamentables efectos pueden ser: problemas de visión, daños neurológicos, asfixia, fracturas costales y, en el peor de los casos, la muerte. Es evidente que nadie desea hacer daño a su bebé, por lo que conviene obviar esa actividad rápida y enérgica que conlleva el zarandeo.

Zarandear a los niños puede ser peligroso

Por lo general, el efecto de un zarandeo agresivo no es visible en un primer momento, pero algunos síntomas pueden dar luces sobre lo que sucede en el pequeño cuerpo del bebé: irritabilidad, palidez o coloración azulada en la piel, convulsiones, vómitos, falta de apetito, mareos, cansancio excesivo, poco movimiento, dificultad para mantenerse despierto e inconvenientes para respirar. También puede presentar alteraciones neurológicas o físicas (temblores, contusiones, inconsciencia o, incluso, coma)

Síndrome del niño zarandeado o sacudido

Sí, parece un nombre un tanto rebuscado, pero existe y es sumamente peligroso. El Síndrome del niño zarandeado implica hemorragias, hematomas, daños en el cuello, la médula espinal, los huesos y la retina. Por desgracia, es mucho más común de lo que se cree.

Este tipo de traumatismo o lesión cerebral ocurre, principalmente, en niños de hasta un año de edad, pero los bebés de dos a cuatro meses son los que mayor riesgo corren, ante un descuido de sus padres. Aunque no sucede con frecuencia, el Síndrome del Niño Zarandeado puede presentarse en niños de cinco años.

Perder los estribos puede tener un costo muy alto, tanto para los padres como para los chiquitines. Se estima que al menos 25 de cada 100 mil niños menores de los dos años ha experimentado algún tipo de zarandeo. En Estados Unidos al menos uno de cada 10 muere por esta causa. Por ello, es importante estar alertas sobre los peligros de zarandear a los bebés. 

Tratamiento de urgencia

Cuando existe la sospecha de que un bebé padece los efectos del Síndrome del Niño Zarandeado, es esencial que reciba atención médica inmediata. La primera medida será suministrarle soporte respiratorio. En situaciones más serias, es posible que requiera cirugía para detener la hemorragia interna y cerebral. Su doctor realizará una tomografía o resonancia para realizar el diagnóstico definitivo.

La mayoría de los infantes logran sobrevivir a un sacudón intenso, pero tendrán secuelas. Pueden presentar discapacidad neurológica, retraso mental o parálisis cerebral, que puede pasar desapercibida hasta los seis años. Probablemente, requerirán cuidados médicos toda su vida, por un rato de juegos o la falla de criterio de mamá y papá.

Tómalo con calma. Todos los padres experimentan días en los que sienten ya no poder más. Pero el chiquitín no tiene que pagar las molestias. Su frágil musculatura es susceptible a cualquier movimiento no natural, por muy inofensivo que parezca. Recuerda: tu hijo sólo te tiene a ti para protegerlo. Este suceso puede ser considerado maltrato infantil.

Zarandear al peque en un intento por aplacar su llanto o rabieta no es la solución. Unos segundos pueden bastar para producir un daño irreparable en el cerebro. Sordera, rotura de costillas, falta de oxigenación cerebral, pérdida total o parcial de la vista y discapacidad mental, se cuentan entre los efectos.

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