Desarrollo de la inteligencia emocional en los niños

inteligencia emocional

Como norma general todos los padres respondemos a alguno de los tres tipos habituales; permisivos, autoritarios o equilibrados. En ocasiones y como parte de la reproducción de la experiencia educativa que vivimos en nuestra infancia, el autoritarismo se mezcla con un estilo equilibrado aprendido por descarte. Esto es, si nuestro padre era autoritario, es muy posible que en situaciones límite nuestra primera respuesta sea autoritaria, aunque la mayor parte del tiempo nos esforcemos por equilibrar y ofrecer una educación distinta o quizá sería más correcto decir, optimizada, que la que nosotros recibimos, eliminando aquellas aristas que no compartimos o con las que no estamos de acuerdo.

Sin embargo y sea como fuere la educación recibida lo cierto es que existe una premisa básica de la que partir cuando se trata de formar a nuestros hijos. No hablamos aquí de la formación intelectual ni las aptitudes de cada uno de ellos, sino de su mundo emocional. No cabe duda que las emociones son intrínsecas al ser humano y de ellas dependen muchos logros vitales y, también, muchas frustraciones.

Tipos de padres, tipos de inteligencias

Los padres autoritarios son estrictos, no dan lugar al margen ni la improvisación y, no se preocupan en exceso de las opiniones o puntos de vista de sus hijos. Muchos de estos padres no son autoritarios por opción, sino que generalmente, una educación autoritaria da como resultado seres humanos intransigentes. Este tipo de padres aportan una carga muy fuerte a los niños que deben aprender a controlar su propia esencia sin más razones que el temor.

Por el contrario, los padres permisivos son los que quieren ser “amigos de sus hijos” generalmente desilusionados con sus propios progenitores y con una personalidad débil, los padres permisivos no imponen ni establece límites y, terminan por convertirse en esclavos de sus hijos desde su más tierna infancia, escudándose tras la frase “no se que hacer con el/ella”.

Estos dos extremos como tal, son muy negativos. Tanto para los padres como, principalmente para los hijos, las consecuencias de ambos esquemas arrojan seres débiles emocionalmente y, por lo tanto, vulnerables frente a la vida.

Los padres equilibrados son la clave de la emocionalidad fuerte. Progenitores concentrados en la generación de estímulos a través de los retos, que logran inbuir en sus hijos la orientación necesaria sin ejercer un control. La paternidad equilibrada se basa en dar las explicaciones apropiadas a la edad y el momento vital en el que se encuentra el niño, alentar, fomentar y elogiar los logros por pequeños que sean y ser intransigentes frente a los malos comportamientos sin denigrar, humillar o maltratar.

Estos niños crecen con un sentimiento de independencia y autoestima muy elevado lo que deriva en un alto nivel de confianza en sus posibilidades y por lo tanto, genera una actitud positiva frente a la vida y sus contratiempos.

Disciplina emocional

Uno de los principios fundamentales de la inteligencia emocional son los límites y reglas. Es importantísimo que el niño sea capaz de distinguir las distintas señales de advertencia que sus padres lanzan como forma de fomentar el autocontrol.

El refuerzo en los casos de conductas positivas es fundamental ya que, si no se elogian los buenos actos y únicamente se ponen de manifiesto los errores, los padres estaremos dañando seriamente la autoestima de nuestros hijos.

Estímulo respuesta

Esta combinación que saltó a la fama con los famosos y nunca bien ponderados “perros de Pavlov” es un símil perfecto que puede ser aplicado en las edades tempranas como método educativo.

Los niños son seres emocionales, en bruto, y es fundamental que conozcan que todo acto tiene consecuencias y que no es posible librarse de ellas más que haciendo bien las cosas. Establezca una respuesta adecuada y, sobre todo constante, ante una norma trasgredida o un límite establecido y consensuado y, cíñase a ella.

La moral, un concepto abstracto

Es bien cierto que, todos escuchamos, oímos y compartimos términos como solidaridad, generosidad, ayuda, estímulo, tolerancia, respeto, etc.… pero, es bien cierto también que todos, nos olvidamos –con más frecuencia de la deseada- de ponerlas en práctica.

Para crear el surco neuronal que rige las emociones y el comportamiento como parte intrínseca al “Yo mismo” que somos cada uno de nosotros, es muy importante prestar atención a un punto de partida fundamental

El niño debe comprender la diferencia entre un buen acto y uno malo. Para ello y, desde que son bebés, es fundamental que reciban un estímulo positivo ante un logro o una buena acción y un estímulo negativo –adecuado y con mesura- par una acción errónea.

Empatía, clave de la inteligencia emocional

El desarrollo de la empatía como parte de las emociones se produce de los 0 a los 6 años de edad, se una reacción a nivel cognitivo que permite al niño entender lo que la otra persona quiere transmitirle y las razones que tiene para ello.

Durante el primer año de vida está tipificado que el bebé se da la vuelta para mirar a otro bebé por la calle y si éste sonríe él también lo hará. A partir del primer año y hasta los dos, el niño entra en una etapa en la que es capaz de distinguir que los actos que observa corresponden a otro ser y no, a el mismo.

Bien, a los seis años comienza la etapa en la que el niño es capaz de ponerse en el lugar de la otra persona y realizar una acción como consecuencia.

Si a un niño de esta edad se le explica la razón de por qué su actitud egoísta e intransigente con su hermano pequeño, provoca un dolor en él, el niño es capaz de ponerse en el lugar de su hermano y, con constancia, será capaz de transmutar su actitud para no provocar un dolor.

De los diez años en adelante, los niños crean vínculos empáticos con sus seres cercanos más que con sus pares o el mundo que les rodea y, es en esta etapa previa a la adolescencia donde se sientan las bases de la comunicación para enfrentar los años venideros en los que los cambios –que siempre implican crisis- se vivan de una forma pacífica y no, transformando el hogar en un campo de batalla.

La empatía se construye y es por esto que las normas y responsabilidades adecuados a los ciclos de edad y nivel de maduración son fundamentales ya que, sin ellas, no es posible genera la costumbre que alimenta el aprendizaje.

Recompensas, no siempre necesarias

Durante la etapa de construcción de la empatía y, siempre buscando el fomento del niño, muchos padres tienden al elogio excesivo. Así si el niño hace su cama o sus tareas escolares, esto se convierte en motivo de premio y recompensa. Este es un error muy habitual ya que la asunción de responsabilidades es parte inherente a la formación y únicamente aquellos actos proactivos que salgan intrínsecamente del niño sin haber sido establecidos previamente, deben ser elogiados.

Honestidad y confianza siempre de la mano

La formación y protección de los hijos es fundamental pero no podemos olvidarnos que en el proceso formativo intervienen dos partes; el niño y los padres, seres humanos únicos que deben establecer una relación de confianza basada en la honestidad si quieren lograr establecer vínculos fuertes y duraderos que puedan extrapolarse a otros ámbitos y otros escenarios de sus vidas.

La honestidad dolorosa es mejor que la mentira piadosa, la pérdida de fe que supone para un niño comprobar que sus padres le han mentido, puede ser un punto de partida para adultos desconfiados, desengañados y resentidos.

Dentro del capítulo honestidad, nos encontramos con una arista muy importante, somos personas y, aunque estamos en el lado de la formación, nos equivocamos, sentimos y…sufrimos, para los niños y, siempre adecuado a su edad y madurez, comprobar que sus padres asumen errores, piden disculpas, son honestos y sienten… es una gran lección de vida y un avance en su autoestima.

Los problemas, la infancia y los procesos de duelo

Existe una estrecha relación entre las fases por las que atraviesa un ser humano que se enfrente a la pérdida por fallecimiento de un ser cercano y querido – negación, rabia, aceptación, crecimiento- con las fases por las que van pasando nuestros hijos a lo largo de sus vidas y en todos los ciclos de edad.

Cuando nuestros hijos tienen un problema, sea del tipo que sea y desde la más tierna infancia, es fundamental ayudarles a vivir todas esas fases, deben saber identificar qué les sucede, cómo se sienten, que están enfadados, deben ser capaces de aceptarlo y sacar una lección de vida… Para poder crecer. Es muy importante que los padres sean conscientes de esta situación ya que, es imposible evitar el dolo que le produce a un niño la muerte de su mascota o saber el origen y procedencia de los Reyes Magos, sin embargo si son capaces de vivir estos procesos de forma sana, seguirán atravesando sus etapas vitales habiendo cerrado las pequeñas heridas y dolores propios del crecimiento de una forma sana.

La inteligencia emocional es el pilar sobre el que se sustentan los seres humanos, de la capacidad de hacer conscientes nuestras emociones y transmutarlas por actitudes positivas, depende gran parte de lo que suceda en nuestras vidas. No queremos decir con ello que dando a nuestros hijos un alto nivel de inteligencia emocional estemos asegurando una vida exenta de complicaciones, sino que, cuantos más fuertes y positivas sean éstas, más nuevos puntos de partida serán capaces de encontrar, sea cual sea su camino.

Más información | No quiero crecer de Pilar Sordo
Foto | jessicafm

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