La edad de los padres puede ser un factor de riesgo de autismo en los hijos

Una investigación muestra que la diferencia de edad en la pareja y ser padres adolescentes incrementa el riesgo de tener hijos autistas, lo que muestra que la edad también es un factor de riesgo para tener un hijo con trastornos del espectro autista.

Riesgo de autismo

Un estudio desarrollado por expertos del Instituto Karolinska (Suecia) concluye que la edad de los padres puede ser un factor de riesgo de autismo en los hijos, a esto ya se había llegado en investigaciones anteriores, apuntando que la edad avanzada de los progenitores era un factor de riesgo. Pero a diferencia de estos estudios, en la nueva investigación se apunta que los hijos de padres adolescentes y de padres con una gran diferencia de edad entre ellos, tienen un mayor riesgo de sufrir autismo.

Claro, que los expertos comentan que no es un factor de riesgo significativo, por otro lado, aunque se ha encontrado una relación entre la edad de los padres y el riesgo de trastornos del espectro autista, no se puede demostrar la existencia de una relación causal. Parece que el estudio no quiere crear alarmismo y por ello los expertos comentan que la mayoría de los hijos de las parejas con variaciones significativas de edad o de padres adolescentes son completamente normales, siendo el riesgo de autismo relativamente bajo independientemente de la edad.

En la investigación se analizaron los datos de 31.000 niños con autismo, de una muestra de 6 millones de niños que no tenían el trastorno, pertenecientes a cinco países distintos, Israel, Dinamarca, Suecia, Australia y Noruega. Tras analizar los datos de los niños y sus padres, se constató que los hombres de más de 50 años de edad tenían un 66% más de probabilidades de tener un hijo con autismo, en comparación con los hombres en el tramo de edad de 20 a 29 años. En el tramo de edades comprendidas entre los 40 y 49 años, el riesgo de tener un hijo autista era de un 28%.

En el caso de las madres, las mujeres con edades comprendidas entre los 40 y 49 años, tenían hasta un 15% más riesgo de tener un hijo autista, en las madres adolescentes este riesgo se incrementaba hasta el 18%, en ambos casos se realizó la comparativa con los resultados obtenidos de las mujeres con edades comprendidas entre los 20 y 29 años. Con respecto al riesgo de la diferencia de edad, se destaca que era mayor en los hombres con edades comprendidas entre los 35 y 44 años que tuvieran una pareja unos 10 años más joven, en el caso de las mujeres el mayor riesgo se situaba en una edad comprendida entre los 30 y 39 años, y que tuvieran una pareja 10 años más joven.

Aunque esta investigación es estadística y no puede concretar cuáles son los mecanismos que intervienen en el mayor riesgo de autismo, se sugiere que la degradación del esperma no es el único motivo que explique la relación entre la edad de los padres y el riesgo de tener un hijo autista, apuntando que posiblemente existan otros mecanismos implicados, como por ejemplo los factores epigenéticos. Es evidente que fuera de las edades recomendadas como óptimas para tener un hijo, el riesgo es mayor y no sólo de autismo, también de sufrir otro tipo de trastornos y enfermedades, de ello hemos hablado en varias ocasiones en Pequelia.

Lo que no parece tener sentido, y así lo consideran los investigadores, es el mayor riesgo de que las madres adolescentes tengan un hijo autista, los investigadores tampoco ven un motivo claro para que las parejas con diferencias de edad significativas tengan mayor riesgo de tener un hijo autista. Estos son dos factores de riesgo que hasta la fecha no se habían contemplado como tales y posiblemente exista algún factor por determinar que explique esta relación. Es evidente que serán necesarios nuevos estudios y consideraciones, como por ejemplo los factores socioeconómicos o las posibles causas epigenéticas asociadas, hay que tener en cuenta que los países estudiados son muy distintos en clima y en otras cuestiones.

Podéis conocer todos los detalles de la investigación a través de este artículo publicado en la revista científica Molecular Psychiatry.

Foto | Lance Neilson

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