Frases que los padres deberían dejar de decir a sus hijos

A veces, sin pensarlo, soltamos expresiones que atentan contra la integridad mental del niño. Parecen inofensivas, pero causan daño y entorpecen la comunicación.

No le digas estas frases a tus hijos

Es lógico que todos aconsejen no decir groserías o frases humillantes a los niños, pero sorprendería conocer que no sólo con ellas se les causa daño. Algunas expresiones cotidianas generan en los pequeños igual o mayor malestar en su desarrollo. ¿Cómo? Transmiten desánimo, inseguridad, sumisión, miedo, descontrol… Hay que tener cuidado.

Expresiones que los padres no deberían decirle a sus hijos

¿Qué no debo decir a mis hijos? La lista es larga, sin embargo, hay frases que se han hecho erróneamente habituales. A continuación 9 frases que los padres no deben decir a los hijos:

  • ¡No llores! Quizás el abuelo lo dijo tantas veces, que papá aprendió y ahora lo aplica a cada instante, más aún cuando se trata de niños varones ¡Los chicos no lloran!. Pero decir ¡No llores! a un hijo es contener un cúmulo de emociones, sin aire, sin escapatoria y sin soluciones. Los niños como los adultos necesitan drenar sus sentimientos, saber que existen, qué los causa y aprender a trabajarlos.
  • Que te calles, que no te oiga. Habrase visto tales imperativos. Son entendidos por los niños como: no quiero verte, vete, arruinas mi existencia…Crea en los hijos una especie de culpa por haber dañado un momento o la vida de sus padres. “Que te calles” no es una expresión para dirigirse a un adulto, mucho menos a un niño con el que se coexiste y comunica a diario.
  • Cuando yo tenía tu edad… Probablemente a su edad los ahora padres actuaban igual, mejor o peor ante las diferentes situaciones. No obstante, no se trata de hacer comparaciones o competir en proezas con el niño. El aprendizaje es único y debe estar signado por su experiencia y motivación, no la de los padres. De lo contrario, terminaría haciendo cosas para agradar a mamá y a papá y no agradarse o sentirse bien consigo mismo.
  • No te quiero. Típica expresión cuando se comportan mal. Decir “eres malo, ya no te quiero” anula la existencia del niño, quien se esforzará por hacer únicamente lo que sus padres u otras personas consideren bueno. Necesita ser amado, sin importar sus gustos o preferencias. Y si el “no te quiero” es una réplica del expresado por el niño, puede tener una repercusión mayor. Los padres no deben colocarse a su nivel. En su defecto, deben responder con amor “Yo si te quiero” o “te quiero, pero estoy disgustado por lo que has hecho”.
  • No me avergüences. Refuerza los aspectos negativos y habla al niño de la poca fe que se tiene en él. En lugar de amenazar al niño con un “no me avergüences” o “si te portas mal te castigo”, es menester educarlo. Los padres deben explicar a los hijos a dónde van, con quiénes compartirán y cuál es el comportamiento más adecuado. El respeto y la confianza son valores a reforzar.
  • Serás un tonto… te harás débil… eres un imbécil. Tres expresiones que se escapan de la boca de los padres con tal facilidad. Son afirmaciones que dicen al niño que no será capaz de esto o aquello, aun sabiendo que puede dar más. Estas palabras dañan su autoestima temporal e inclusive permanentemente, haciéndoles sentir débiles e indefensos. Es la imagen que han creado sus padres, los hijos -en especial los más pequeños- creen y confían ciegamente en lo que papá y mamá dicen, y lo repiten. Con estas frases los padres hacen que el hijo vea todo esfuerzo en vano y se rinda con frecuencia ante las situaciones más sencillas.
  • Mi gatica… osito… mi peluche. El nombre de una persona es su identidad y la manera en que es conocida en el mundo. Llamar a los hijos por apodos es un irrespeto a su ser. No son animales ni objetos y sí, son pequeños en el caso de quien utiliza los diminutivos, pero su nombre es su yo, y cambiarlo es truncarlo o desaparecerlo. Recién nacido o durante los primeros años de vida un niño no escoge cómo ser llamado. Acepta y aprende de la expresión de sus padres. Pero ¿Qué sucedería si se pierde en un gran parque y al preguntarle su nombre sólo responde: Osito? Es un ejemplo extremo, también real y factible.
  • ¿Cómo, te da miedo? Los padres no deben cuestionar a los hijos por sus miedos, tampoco ridiculizarlos por ellos. Lo conveniente es darle razones para que, poco a poco, entiendan que no hay por qué temer, y en caso de estar ante un verdadero peligro sepa cómo afrontarlo con la mayor sensatez. Es un proceso que se da paso a paso. Cuestionar sus miedos puede hacerlos sentir menos y creer que sus problemas no son importantes para sus padres.
  • Te lo prometo. Esta expresión sólo esta mal cuando los padres afirman algo que no harán, que no está en sus manos cumplir. El niño termina restando importancia a una promesa. La palabra no tiene fuerza ni validez, eso pensará.

Cuando se dicen estas frases sin pensarlas el mensaje es contraproducente. Quiebran la comunicación, atentan contra el autoestima y repercuten en el desarrollo de los hijos y la relación que a priori tendrán con sus padres.

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...