¿Es culpa de los padres que el niño sea obeso?

El desconocimiento o la poca importancia que los progenitores dan al peso de sus hijos podría ser la causa del incremento de los casos de obesidad infantil. La atención adulta y un menú saludable son dos de los principales factores para frenar el desarrollo de esta enfermedad.

obesidad infantil

Muchos padres aún creen que un niño “gordito” es garante de buena salud. “Tiene buen apetito”, “está rozagante”, “provoca morderle esos cachetotes”… Esas y otras frases sueltan con naturalidad para hacerle un cumplido a un pequeño que quizás tenga sobrepeso, aunque a ellos les cueste reconocerlo.

La razón principal de esta falta de conciencia pudiera ser la desinformación que existe sobre la repercusión de la obesidad infantil, una enfermedad que para el primer trimestre del 2016 afectaba entre un 15% y 18% de los pequeños españoles, según cifras publicadas en el portal www.abc.es y suministradas por Ana Belén Crujeira, especialista del Hospital Clínico de Santiago de Compostela y del Centro de Investigación Biomédica en Red (Ciber) de Obesidad y Nutrición.

Pero cómo saber si hay un problema. La respuesta está en el cálculo del Índice de Masa Corporal (IMC), que se obtiene usando datos como peso y altura. Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) posee tablas referenciales para cada edad, lo ideal es visitar al pediatra con regularidad (al menos una vez al año), para efectuar el diagnóstico y establecer las medidas a tomar.

Señales de alarma

Estudios promovidos por la empresa Nestlé y reseñados en la página El Mundo  han demostrado que el inconveniente no es del niño, sino de la familia. Una encuesta realizada a 1078 personas sugiere que un alto porcentaje (82%) de padres desconocen la situación y aseguran que el peso de su hijo está entre los valores normales, cuando realmente no es así. Solo 62% estuvo claro en esa percepción,  mientras que el resto presentó obesidad o sobrepeso.

Los resultados de esta pesquisa reflejan que solo 27% de los progenitores reconocen una falta de conocimiento ante la situación, mientras que uno de cada tres manifestaron importarle “algo” o “poco o nada” lo ocurrido. Para muchos no había necesidad de plantear soluciones, y otros se evidenciaron más preocupados por lo que deja de comer el niño que por lo que realmente ingiere, y que pudiera ser detonante de su obesidad.

El dato más revelador fue que el 28% de los infantes con esta patología tenían entre tres y seis años de edad, un porcentaje que sube a 34% en niños mayores. ¿La razón? Principalmente el consumo de chucherías, los menús muy calóricos y el sedentarismo.

Hábitos poco saludables

A pesar de que en Internet y en los medios de comunicación abunda información sobre cómo alimentarse de forma adecuada y nutritiva, poco se cumplen esos parámetros en casa. Cuando el infante tiene más de tres años se agrava el problema, pues la mayoría empieza a crear filtros sobre lo que le gusta y o que no. Hay casos en los que ellos mismos escogen qué comer, y si están más grandes (unos 7 años) ya disponen de su propio dinero y compran golosinas o dulces procesados compulsivamente.

La dieta de un niño obeso incluye platos con altas calorías, pocas frutas y escasos vegetales. Carbohidratos como pastas y pan son elevados, y a pesar de que los papás saben que es inadecuado, parece que no toman conciencia al respecto.

Además de una inapropiada alimentación, en la obesidad influye la falta de actividad física. Los chicos actualmente suelen pasar horas sentados frente a un ordenador, videojuegos o la televisión. No hay una regulación del tiempo de ocio por parte de sus representantes, quienes generalmente también llevan este estilo de vida.

Consecuencias fatales 

No existen fórmulas mágicas para acabar con este mal, pero expertos en la materia señalan que el trabajo debe ser colectivo e integral. Todos los sectores relacionados (médicos, empresarios de la industria alimenticia, docentes y organismos de la salud) tienen que involucrarse para prevenir la obesidad en los niños. Los padres, por su parte, deben ir de la mano con los especialistas y atender las múltiples indicaciones nutricionales establecidas.

Un niño obeso puede desarrollar patologías fatales y/o crónicas. Los efectos a la salud son totalmente perjudiciales y desmejoran su calidad de vida. Cardiopatías, artrosis, afecciones degenerativas, cáncer de endometrio, colon o mama, resistencia a la insulina e incapacidad, son algunas de las condiciones que pueden presentar en su edad adulta si no se controla su alimentación desde los primeros años y se incurre en la obesidad.

La realidad y los pronósticos generales de este padecimiento son alarmantes. Científicos del Imperial Collage de Londres, con el apoyo de la OMS, han indicado que poco más de 640 millones de individuos en el mundo tienen irregularidades en el peso, lo que equivale a un 13% de la población mundial. Para el 2025, esto podría ascender a 20%. ¿Se deben tomar acciones? Claro que sí.

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