“Abel” de Diego Luna, una cinta para la reflexión en Cannes 2010

Diego Luna

Ha sido la 63 edición del festival de Cannes en Francia que ha recibido la cinta de Diego Luna, actor de origen mexicano que presenta su primera película de ficción.

“Abel” se ha llamado a la historia que narra la forma de ver el mundo de los adultos por parte de los niños. La magia del largometraje se centra en que Abel es un niño autista que creció en un centro de acogida y que pretende dar una visión de todas las frustraciones que transmitimos los adultos a las nuevas generaciones y cómo éstas son claves en la forma de ver el mundo que tienen los niños.

Abel vuelve a su casa tras crecer en un centro y se convierte en el “padre de familia” autoritario, malcriado y dominante de su madre y sus hermanos. Una situación que se mantiene hasta que el padre un día regresa al hogar.

La película es una exaltación del cuestionamiento de la paternidad desde el punto de vista de un niño cuya circunstancias personales han sido impuestas por un mundo de adultos.

Elegante y delicada, la cinta pretende poner de manifiesto la necesidad de ser conscientes de nuestras debilidades y frustraciones y de cómo la transmisión de éstas se graba a fuego en el surco neuronal de nuestros hijos y condiciona sus vidas.

Cuestiona nuevamente los roles asumidos por hombres y mujeres durante siglos en relación con la paternidad y pone de manifiesto lo poco efectivo que es mantener un esquema tradicional en el que la madre se encargue de todo y el padre únicamente provea.

Por último, una vertiente de Abel poco explorada y muy relevante, la encontramos a la capacidad de los adultos de volvernos excesivamente exigentes con los niños.

En un mundo marcado por la validez del tiempo como única fuente de oportunidades y sin darnos cuenta de la escasez de recursos, instamos a los niños a madurar y responsabilizarse en la más tierna infancia enfrentándolos a situaciones tan dramáticas como la ruptura del hogar, sin darnos cuenta de la ruptura interna de su seguridad y autoestima que esta decisión libre, voluntaria, asumida, aceptada y sin ninguna relevancia, puede provocar en los niños.

Una reflexión para los padres que no siempre somos conscientes de cuánto incide en el futuro de nuestros hijos lo que les entregamos de forma cotidiana.

Foto | Michael Gwyther
Fuente | esmas.com

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